Desde los orígenes de la humanidad el sol ha sido considerado como un astro benefactor: En el antiguo Egipto era adorado como un Dios, llamado Ra; del mismo modo, ocupó un lugar destacado en la mitología griega, donde recibió el nombre de Helios.
El sol es el centro del sistema al que pertenece la Tierra, y su radiación, en forma de luz y calor; es imprescindible para el mantenimiento de la vida de nuestro planeta. La ciencia acepta que el efecto del sol sobre el organismo humano tiene una repercusión notable en la salud. Así, la energía del sol es utilizada como terapia curativa, ya que, por ejemplo, favorece el aumento de la capacidad inmunitaria del organismo, o la mejora de ciertas dolencias de la piel.
El sol resulta beneficioso si la exposición a sus rayos se hace con moderación y teniendo en cuenta algunas precauciones. Por este motivo, se recomienda utilizar cremas protectoras con filtro solar que se reseñe para cada tipo de piel.
Además, la duración del primer baño de sol no debe de sobrepasar los diez minutos; duración que se puede ir incrementando, poco a poco, cada día. La exposición al sol se puede iniciar por las piernas, para, paulatinamente, ir exponiendo el cuerpo entero. El tiempo máximo de exposición al sol en verano será de dos horas al día, siempre fuera de la franja horaria entre las doce y las cinco de la tarde, que son las horas de mayor agresividad de los rayos solares. En invierno se puede alargar un poco el tiempo de exposición al sol.



