El olvido cae sobre nuestra decisión y así es como este mundo ilusorio nos parece muy real . Pero todavía estamos a salvo en el cielo, aunque estamos perdidos en el sueño del exilio. Tan fuerte es esta ilusión que no podríamos despertar sin la ayuda del Espíritu Santo . Nuestro cuerpo ahora nos parece una realidad y no el Espíritu cuya visión se nos reveló.
El ego nos enseña a negar nuestra culpa proyectándola en otros. Nuestra culpa, que no es más que el aborrecimiento de nosotros mismos, ahora parece creada por la gente y por circunstancias externas. Nos sentimos justificados por la ira que sentimos hacia los demás, y el atacarlos en defensa propia se transforma en una necesidad (relación de odio especial).
Al sentir una gran carencia en nuestro interior obedecemos al ego, que nos aconseja encontrar algo que pueda satisfacer nuestras necesidades imaginarias: seguridad, sexo, dinero, carrera, etc.
Para despertar de este sueño y recuperar la visión perdida, necesitamos deshacer nuestra creencia en la separación de Dios. El plan del Espíritu Santo para nuestro despertar se llama Expiración (corrección de la percepción).



